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Con-moverse

De nuevo en Barcelona, con unas ganas increíbles de comenzar a poner en marcha aquello que dejé pausado.

También como no, deseando mostrar y compartir aquello que en estos meses se ha ido gestando a fuego lento; a base de horas de silencio y mar, con fragmentos de batallas perdidas contra el viento y arrumacos ganados al sol, con cada sensación motivada por un caminar incesantemente y  inacción escogida, a partes iguales. Muchas cosas.

Me llené estos meses: experiencias, imágenes, paisajes de ensueño, gentes increíbles que me acogieron y cuidaron de mí, bailes, músicas, mujeres terapeutas impresionantes que compartieron conmigo su saber hacer, pacientes que confiaron en mí… y momentos de añoranza también, y soledad,  y juergas y dulce de leche¡¡¡…  y como no, me llené estos meses de arena de playa¡¡¡ irremediablemente, como el resto de las cosas que me invadieron.

Me llené también de tiempo en silencio, en soledad, en sosiego. Me creé un lugar dentro y fuera para estar conmigo, para no huir, para desde ese lugar nuevo y desconocido, desde una vida temporalmente de aislamiento de todo lo conocido y amado; mirarme por dentro, poner en práctica el aquí y el ahora. Ser sin obligaciones de tener ni de hacer.

Explorar el movimiento para desatar mis penas y mi tristeza profunda camuflada de mal genio: esto se tradujo en el diseño de unas clases totalmente nuevas para mí, de la certeza de querer poner en marcha sesiones de un trabajo sutil a través de la danza butoh.  Una herramienta que cobra sentido en la medida en la que aprendemos a reonocer el tiempo propio del cuerpo, de cada cuerpo.
Sentir y utilizar como recurso la increíble sensación de confianza y seguridad cuándo te sientes afortunada por hacer lo que haces: esto dio como fruto investigar más sobre el contacto suave, los Masajes Ayurvedas y una técnica nueva que se basa en la escucha del tejido, como complemento terapéutico a los masajes, siendo una técnica no invasiva, suave para el cuerpo y sorprendente para la mente.                                                                Mantener diálogos con una Ana despreocupada y libre, y pasarlo bien en ellos…el resultado de esto es la certeza de querer estar más y más cerca de mí; de conocerme y reconocerme en las cosas que vivo. De aprender a rebajar exigencias. Intentar vivir, penar y sentir de una forma menos rigurosa e inflexible. Bueno, el resultado es comprometerme a tratar de no olvidarlo.

Un marco increíble, que por mucho que intente explicar aquí, queda chiquito y desmerecido con total seguridad. Así pues me limitaré a contar que después de estos meses fuera de Barcelona, mi vuelta está cargada de ilusiones y nuevos proyectos. 
Decidí comenzar poquito a poco, sin  impaciencia, con el tiempo que requieren las cosas para suceder. En breves podré contaros cómo es y dónde está la sala donde comenzaré a dar clases y dónde podré por fin ponerme manos a la obra con los cuerpos cansados y con ganas de mimos. El lugar que he pensado llenar de calma y vaciar de exigencias; decorar con gestos y ambientar con el sonido de mil y una respiraciones.

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En unos días, estoy en marcha: el yoga, el butoh, la conscienca sensorial, el ayurveda y los espacios de encuentro. Me siento, con este pronóstico, como no………AFORTUNADA.

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Agradecer

Hoy no utilicé mi bici, hoy decidí salir con tiempo de casa, y atravesar caminando despacio, el barrio del Born y parte del Gótico hasta llegar al metro. Hoy desde que desperté, incluso antes (durante alguno de los sueños que no recuerdo), la energía que me acompañó fue densa, poco constructiva y de tristeza. Pensé que caminar me ayudaría a despejar mi mente y mi corazón.
Y salí con tiempo… y caminé despacio, consciente de que no había motivo para dejarme arrastrar por el ritmo de afuera, que mi necesidad era otra: mecerme con mis propios pasos, sentir que mi respiración habita dentro de quien soy,  y observar la ciudad sin prisas, admirando la piedra de los edificios y los pocos árboles que en este recorrido puedo encontrar. Y aquí consigo sentirme plenamente consciente de lo afortunada que soy, plenamente.
Y llegando al metro, las cosas cambian, el tren no llega nunca, la gente se impacienta (yo también porque pienso que no hay derecho, que siempre es lo mismo blablabla, bliblibli…), y me quejo en voz baja… y me descubro alimentando el estado que estuve tratando de esquivar durante todo el día. Y resignada salgo a la superficie y camino en busca de un autobús, porque las opciones y el tiempo se redujeron drásticamente, y mi clase empieza en 30 minutos y es casi imposible que llegue a tiempo… y la queja me persigue a una velocidad más rápida que la que he tenido que imprimirle a mis piernas para salvar la distancia hasta el autobús, que llega repleto de gente y no se detiene para que subamos. Resignada (aún no acepté que llegaría tarde, si o si), continúo esperando y cuando por fin llega un autobus al que sí puedo subirme, ya es claro que no llegaré a tiempo. Sentada, ahora sí, acepto que llegaré tarde pues solo quedan 15 minutos para que empiece y yo aún tardaré 30.
Entonces mirando por la ventana empiezo a respirar, más y más despacio, llenando mi cuerpo como enseño a mis alumnos en clase, dejándome sentir cada rincón que mi respiración acaricia, haciendo presente lo que está ocurriendo y deslizándome dentro de mí misma, aflojando la tensión, transmutando la tristeza, reduciendo la queja y dejando que quién sea que me habita tome el control, actúe desde otro paradigma y me permita sentirme y vivirme lejos de lo que está ocurriendo fuera, mostrándome que no es tan importante, que la diferencia la marca la manera de percibir el mundo y los sucesos , que estoy teniendo ene este mismo momento. Consigo avanzar yo más rápido que el bus, y desde donde estoy comienzo a hablar a mis alumnos, a iniciar la clase, a respirar con ellos… hasta que alguien me toca el hombro y me dice que ha habido un accidente en el metro, que alguien saltó.
Y ahora soy de piedra.
Ahora ya no sé que hacer porque mi respiración se ha agitado, mi cabeza da vueltas y mi corazón se está replegando hacia adentro… sólo continúo mirando por la ventana, y veo a alguien conocido arrastrando su bicicleta, con un paquete sujeto en la mano pegado al pecho, caminando despacio (hacia mi segunda clase, lo sé)… y estoy lejos aún (pero ahora de cualquier lugar dentro o fuera de mí).
Y por fin llego a clase,  12 personas esperando sentados, pacientes, sonrientes… les doy una somera explicación y me dispongo a cantar para abrir la clase. Respiro hondo, comienza el Om, y me abre en canal… trato de pronunciar despacio cada palabra del mantra pero cada vibración hace que se me resquebraje la coraza… “lo siento chicos, ha pasado “esto” en el metro y me quedé más tocada de lo que pensé, no puedo cantaros hoy”.
Y comienza una clase en la que una vela encendida (me recuerda lo afortunada que soy, ahora lo voy sintiendo plenamente por segunda vez en el día) para iluminar a aquel señor del metro, para acompañar lo inacompañable… Y la clase me reconforta, parece que cada alumno está poniendo lo mejor de sí mismo en cada soplo que utiliza para seguir mis indicaciones, hoy suaves, más lentas que de costumbre… Y visualizo un corazón que necesita expandirse con cada respiración, que necesita hacerse grande y pequeño con cada respiración, en función de las necesidades de cada momento, y lo comparto en voz alta y  ese corazón  se multiplica por 12.
Y termina la clase. La vela al medio, todos tendidos en savassana y a mi me sale la voz… y cierro con el mantra, con mucha fuerza, con mucha alegría con mucha gratitud.
Por tercera vez me siento consciente plenamente de mi suerte.
Alguien me da las gracias por la clase, otra ocasión para sentirme agradecida y no pasarlo por alto.
El autobús de vuelta a casa, parece querer compensar un viaje tortuoso de ida, y llega rápido, y no hay tráfico y llego al barrio antes de lo esperado. Y me bajo caminado muy despacio, antes de llegar a casa… repasando el día; y nuevamente me detengo, respiro, miro alrededor y sonrío ( quinta oportunidad en un día escabroso, para saber plenamente que soy una mujer afortunada ): en casa, mi compañero que ha estado todo el día a mi lado sabiéndome frágil  hoy, él que no tiene idea de lo que ha pasado esta tarde… me recibirá con una sonrisa. Porque sí, porque se alegra de verme, no hará esfuerzo para mostrar su amor. Y nada más verme entrar por la puerta sabrá que algo ha ocurrido, y (ya lo anticipo) me abrazará…. Y ahí me quiero quedar, en unos brazos amigos, amantes, compañeros, elegidos y reelegidos una y otra vez.

Es sencillo dejarse vencer por los días, pero sin duda es más sencillo dejarse mecer por los gestos mínimos y cotidianos que apaciguan esos mismos días.  Es bien sencillo vivir, si nos quitamos de la cabeza la lucha que implica “sobre”vivir… simplemente vivir y ser y estar en cada momento preciso, aceptando lo que pasa o no está pasando…

Yo hoy entre todas las cosas que pasé por alto, agradezco mi cuerpo y sus funciones sanadoras, agradezco mi trabajo , agradezco incluso la posibilidad de no ver lo obvio y perderme en la queja, para poder regresar con más fortuna y decisión a agradecer a mis alumnos su implicación y entrega en la práctica… Agradezco el compañero que me sostiene y comparte sus días conmigo.
Agradezco ser quien soy y estar dónde estoy.
Antes de cerrar los ojos hoy, agradeceré querer abrirlos bien grandes mañana.

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Gracias
Descubrir y Disfrutar, Uncategorized, Yoga

Inspirar

Y se vienen pasando los dolores del cuerpo, del corazón y de la cabeza a base de espiración, secuela inmediata de la inspiración.  Y es cuándo siento que inspirando, el aire no fluye, no recorre sin barreras mi interior, no llega a rodear mis órganos, a meterse dentro de mis tejidos, no me permite distinguir el espacio entre mis huesos y la tierna y a la vez dura intersección de éstos, ni mi musculatura estirándose para dejar paso al soplo…cuando la inspiración se detiene en un punto superficial y no va más allá, y me conduce a un suspiro, más que una exhalación purificadora; es ahí cuándo decido que mis días no pueden pasar entre inspiraciones a medias y suspiros insatisfechos, es ahí cuando me siento en silencio, con la intención de permitir a mi cuerpo que respire como quiera, que me diga lo que ocurre, que se libere sin presiones, que me de pistas, que me ayude a moverme a otro lugar, o no… que simplemente sepa que tiene el espacio, el tiempo y la paciencia de su lado, que ya no tengo prisa, que ya no tengo ansias por avanzar rápidamente a costa de él, ni tampoco intención de hacerlo a “lo loco” desoyendo el repique constante…
Y de pronto, al cabo de un rato largo sentada en silencio, escucho mi respiración (hasta ese momento orquestada con poco tino) ocupada en desenmarañar los nudos, cuidadosa en su recorrido, acariciando suavemente  cada aspereza, llevando el flujo a cada rincón ignorado durante los días anteriores, permitiendo el funcionamiento correcto, conocido, saludable, vigoroso que realmente INSPIRA.
E inmediatamente después, un compás más armonioso vuelve a formar parte de mi deambular, vuelve a conectarme conmigo y a conmoverme por dentro y por fuera. Y me doy cuenta del camino que aún queda por recorrer y me siento tremendamente afortunada por haberme descalzado para iniciarlo.

Camino atenta, no obstinada, observando cuando mi inspiración se esfuma, se modifica o da paso a un suspiro en lugar de provocar un exhalar liberador; entonces me detengo (aún no tan pronto como me gustaría), y  me siento o me mezo lentamente iniciando una práctica suave de yoga… Y consigo permanecer en ese preciso instante en el que todo está ocurriendo y reconozco la preocupación…Inspiro…ora la suspiro ora la consigo exhalar hasta el final, y entonces la reconozco también, pero ahora es la insignificante preocupación, algo baladí que ha aprendido a adherirse a los rincones donde mis emociones la pierden de vista y puede hacerse fuerte hasta invadirlas y confundirlas. Pero descubrí el escondite y en ese instante yo, ya puedo expirar (las).

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Ilustración Noemí Villamuza
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Formar parte

Formar parte de la vida de alguien se está convirtiendo con el tiempo en algo que necesito agradecer y valorar. Siento que no sirve sólo con estar en la vida de las personas y que éstas estén en la tuya, porque no es sólo estar, porque cada pequeña interacción modifica cosas dentro de una, desde un abrazo hasta un desacuerdo (también la manera de resolverlos); desde compartir un vino hasta cuidar de esa persona cuando está enferma; desde pensar en el tiempo que llevas sin verla hasta darte cuenta de que es el mismo que hace que no la llamas; desde recibir una visita en tu ciudad hasta ser esperado con ilusión en cualquier otra; desde una sonrisa durante una clase hasta un roce antes de dejarte subirte a la bicicleta… y así un sinfín de momentos que pasan desapercibidos.
Sentada en el suelo, con la casa en silencio y por fin, después de una semana devastadora, la cabeza taciturna por el desgaste, también silenciosa…encuentro que entre los rasguños que me he ido haciendo por dentro, como si de reproducir un hormiguero se tratara, se filtra una luz, una sensación luminosa de paz y agradecimiento.
En nuestro día a día hay personas que nos apoyan, que nos iluminan, que nos sostienen, que nos recuerdan lo que hemos venido a hacer, no con palabras, sino sujetando con delicadeza el cabo inicial de toda la maraña que portamos…lo sujetan firmemente y te mueven con suavidad para tomar perspectiva, para que ese cabo encuentre el camino a seguir para desenmarañarse…Según escribo me doy cuenta de que eso es exactamente lo que suelo hacer con la cuerda de escalada cuando se enrolla, la muevo suave y con firmeza, sin inmiscuirme en el recorrido, no uso mis manos (nada de fuerza), que sea el movimiento quien deshaga el nudo y sucede. El nudo se deshace sin resistencia y vuelve la normalidad.

Volviendo al hilo inicial, hoy reconocía que tengo tantísima gente formidable alrededor que todo merece ser vivido con entusiasmo y con la entereza que pueda, porque siempre (al menos en mi caso), si me falta un trocito de este aplomo ellos me lo reemplazan con creces, sitúan con destreza mi mirada en la zona oculta para mí consiguiendo inspirar determinación,  ¿quién dijo miedo?.

Creo que no es algo que me suceda a mí únicamente, el estar rodeado de “monstruos extraordinarios” disfrazados de amigos de “andar por casa“; y se me ocurre que cada uno de nosotros significamos lo mismo para alguien. No hay otra posibilidad y esto me llena las entrañas de cosquillas, así pues este domingo despistado os lo brindo.

Para toda mi escolta de monstruos: Gracias

anaescalada
 Jabi, gracias por inmortalizar ese instante conmigo misma