Ensoñaciones

Bendita afonía

Es curioso esto de las coincidencias, hace unos días, dos personas diferentes, sin nada en común salvo que comparten el mismo nombre, me preguntaban si moviéndome tanto como me muevo no removía demasiadas cosas ahí dentro…(si lo pienso también compartían la cara como de pereza que ponían mientras me hacían esa pregunta). Mi respuesta fue que sí, que claro que se sacaban cosas, constantemente… sin embargo me siento afortunada porque a estas alturas los dolores ascendentes, dejaron de agobiarme. Es decir, sigue saliendo porquería…y sin duda también está que aprendemos a identificar, a reconocer y a reaccionar con mucha más calma. Es como que cuando tenemos tiempo, las soluciones son más acertadas y duraderas. Y cuando nos decidimos a entrar o mejor dicho a dejar salir sin poner etiquetas a las cosas, las cosas salen así…sin etiquetar; curiosamente yo tengo la sensación  de que, al menos en mi caso, es mucho más difícil conservar algo que no sé donde colocar, que no va en el cajón de las “decepciones amorosas”, “sentimiento infantil de abandono”, etc; algo que como no archivo en ninguna etiqueta…se pierde.

Sucede que cuanto más muevo y menos etiqueto, más dejo salir libremente y más espacio físico, mental y emocional tengo para comprender y no reaccionar enganchándome.

Quiero exculpar al cuerpo, recordando que cuando hablamos de movilizar cosas estancadas y/o ancladas, no podemos olvidar que el cuerpo tiene memoria, pero no únicamente memoria para lo malo. Las memorias del cuerpo abarcan la extensa gama de experiencias conscientes o no que tuvimos a lo largo de nuestra vida, buenas y malas. ¿Quién no ha tenido una sensación de felicidad plena mirando las olas, por ejemplo; o sintiendo el sol caliente en la cara en pleno invierno? algo que la mayoría de las veces reconocemos como ya experimentado, y posiblemente haya sido así. Cosas que pasan desapercibidas para nuestra mente, pero nuestro cuerpo/corazón atesora.
Trabajando el cuerpo, destrabando con dulzura, soltando lastres ignorados…obtenemos al principio un sentimiento de inquietud e incomodidad que asusta; después una ligereza, fortaleza y flexibilidad necesarias para comenzar a ser y existir de otra manera tomando decisiones más cercanas a nuestras verdaderas necesidades.

En realidad se trata de eso, la mayoría de nosotros hemos desaprendido el lenguaje de nuestro cuerpo, hemos dejado de reconocer las señales, silenciamos las molestias físicas y seguimos adelante; estamos exiliados de nuestro cuerpo, viviendo ajenos a lo que nos pasa dentro, resolviendo de manera inmediata las cosas más superficiales. Con este “modus operandi” no es de extrañar que sea muy difícil reconocer nuestras verdaderas necesidades.
Vivir desoyendo o posponiendo lo que en realidad nuestro corazón, alma necesitan es un clásico, que conduce a la enfermedad.

Sin duda moverme por fuera me hace moverme por dentro, para mí  es así, sin embargo no dejo de sorprenderme y sonreír cada vez que lo que manifiesto fuera con mi cuerpo, tiene repercusiones de todo tipo a nivel interno; Y viceversa, lo más interno que no atiendo, se manifiesta fuera… Es como si explosionase (implosionase), como sí con el tiempo, se hubiera desdibujado la delgada línea que separa mi cuerpo físico de la lúcida y asustadiza soñadora que lo habita, y todo fuese más sencillo, todo va de la mano.
Llevo experimentando hace meses una dolencia que no había experimentado nunca, (por más que mis amistades a veces rogasen que ocurriera), a saber, me vengo quedando afónica, sin un hilo de voz  bastante a menudo. A parte de todos los factores climatológicos, contaminación de Barcelona, etc., creo saber de dónde viene esto: y es que últimamente vengo experimentando situaciones en las que no estoy cómoda o siento abusivas, y decir lo que pienso, supone un enfrentamiento que hasta el momento no he sabido muy bien como afrontar o he decidido posponer. Diversas situaciones y con diversas personas, que vengo callando, atragantando palabras entre el corazón y la lengua. Provocando a mi cuerpo una vibración sorda, que mis cuerdas vocales achacan resecándose… y carraspeo mucho, muchísimo. Y ahora divertida me quiero imaginar las palabras avanzando y retrocediendo, arriba y abajo en mi garganta, confusas, nerviosas, descolocadas, asustadas… provocando un ruido seco al chocar unas con otras sin saber si tienen que salir o entrar, convirtiéndose en una tos bobalicona, que me indica que el no estar atendiendo a mi necesidad de expresar algo que siento como injusto, está teniendo repercusión en todo y en todos los pequeños órganos que se encargan de mi funcionamiento orgánico.

Y así me encuentro mes si, mes también… afónica por omisión.

Hoy sentada en la playa escuchando mi propia voz conversando con una amiga, decidí que ya se terminó mi agonía (afonía, perdón). Tomé la firme decisión de decir lo que necesito decir, sin miedo, consciente de que sólo así podré seguir avanzando. Porque las afonías son un síntoma menor; el bloqueo, la frustración y la desorientación me suponen un empeño mayor y un nivel extremo de desgaste. Así pues, decido rebelarme a tiempo y hacerme las cosas más sencillas desde ahí, desde la escucha comprometida con mis necesidades.

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2 comentarios en “Bendita afonía”

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