Masajes

El Privilegio de Tocar

Hoy mismo, mientras realizaba un masaje, ocurrió algo que me dejó todo el día, pensando con dulzura en el privilegio de tocar. Fue algo que percibí de su cuerpo, de su piel, de la musculatura de aquella mujer, algo enojada (muy cansada) y que necesitaba por unas horas, parar; algo que guió y acompañó ese tratamiento que ni ella ni yo habíamos empezado con ninguna intención concreta, pero después de que ella se desahogara con palabras, se tendiera sobre el futón y cerrara los ojos… fue el turno de su cuerpo.
Y su cuerpo gritaba cariño, dulzura, ternura, cuidados sin prisas, sin tensión, sin juicio… Era el cuerpo de una niña pidiendo un abrazo. Y durante el tiempo que duró el masaje yo tuve que contenerme para no quedarme una hora, únicamente abrazándole.
El enojo de ella, se traducía en un bloqueo general, pero se localizaba en su tórax, cerrado a cal y canto, protegiendo un corazón acostumbrado a la lucha. Ella me dijo que necesitaba bajar de la cabeza, relajarse un poco, pero no conseguía hacerlo… sólo y exclusivamente porque pensaba que no podía hacerlo. Sin embargo, después de que su cuerpo reconociera mi tacto ( nos vemos cada mes), se entregó. Ella no pudo hacer nada, su cuerpo sabía perfectamente que era ahora o nunca, y su cuerpo lloró. LLoró, gritó, se revolvió, agradeció y disfrutó. Mientras mi regalaba la información necesaria para moverme a través de él, para apoyar el abandono de ese proceso de clausura , de clandestinidad, de enmudecimiento y de ensordecimiento.
No ocurrió nada fuera, los ojos de ella estaban secos… pero el dialogo que entablé por dentro con ella ha sido de los más claros, respetuosos y secretos que he tenido nunca con nadie.
Cada movimiento que hacíamos conjunto, yo lo sentía como un darme permiso para ir más allá, ese cuerpo cambiada de textura, de vibración a medida que avanzaba el masaje. Fue muy valiente y decidió pedirme deshacer los nudos, los miedos, las costumbres… poquito a poco (respirando suave), porque ese cuerpo, al igual que su portadora… tenía miedo. Pero se entregó.

Que la gente me permita acercarme a ella desde un contacto tan intenso, a través de un medio tan íntimo como es la propia piel, el propio cuerpo tendido sin defensa… Es sin duda el mayor regalo que me hacen.
Feliz y agradecida a este cuerpo y su compañera de viaje, que me regalaron una hermosa oportunidad de regalar ternura. Y la sensación que aún a estas horas perdura en mi corazón también.
Gracias inmensas.

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